Tribuna 4/2011: "Un sistema de transporte lógico y no ideológico"
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Un sistema de transporte lógico y no ideológico
Autor: José F. Papí, Director Gerente, Plataforma Tecnológica Española de la Carretera (PTC)
El sector del transporte es responsable de la generación de gran cantidad de proyectos innovadores, alta movilización de inversión y retornos rápidos para la sociedad, además de constituir el “sistema circulatorio” por la que transcurre la actividad económica de todos los demás sectores económicos. Sin transporte de viajeros y de mercancías, no hay nada.
El sector del transporte en España afronta cada día importantes retos en ámbitos fundamentales como son la movilidad inteligente, la seguridad, los materiales, la energía y la sostenibilidad, el medio ambiente, y la gestión eficaz de las infraestructuras y los modos de transporte al servicio del ciudadano. En este sentido, la no movilización de fondos específicos para las infraestructuras y los medios de transporte puede impedir que el transporte siga jugando su papel, a veces no suficientemente reconocido frente a sectores económicos más “sexys”. Desde esta tribuna se solicita por ello la no penalización con respecto a otros sectores y el transporte siga siendo considerado dentro de las líneas prioritarias de la inversión pública innovadora.
Y es que el notable incremento del volumen de tráfico es consecuencia del alto desarrollo económico. Hay una relación directa entre el nivel de renta de un país y la movilidad de sus ciudadanos y sus mercancías, habiéndose abandonado a día de hoy la investigación en alternativas poco realistas que buscaban romper la correlación entre esas dos variables. Al subir el nivel de renta, inexorablemente aumenta el tráfico, sobre todo en las carreteras. En nuestro país, en el que el nivel de renta todavía está por debajo del de los países europeos con los que competimos, también ocurre que nuestra movilidad está por debajo de la de ellos.
Sin embargo parece que las decisiones de los ciudadanos españoles se consideran inteligentes cuando eligen sus productos de alimentación o de vestido, pero no cuando eligen el modo y el horario de sus operaciones de transporte. Prueba de ello son los numerosos intentos desde los poderes públicos, en el ámbito nacional e internacional, por modificar la demanda de transporte (“viaje Ud. menos o use el modo de transporte que yo le diga”) y no por satisfacer las elecciones libres de los ciudadanos de una manera eficiente, segura y sostenible desde el punto de vista energético y medioambiental.
Esta no-aceptación de la realidad de la demanda de tráfico, demanda contra la que poco se puede hacer salvo en el ámbito urbano – fomentando alternativas realistas y eficientes que le ofrezcan un valor añadido claro al ciudadano –, ha llevado a la generalización de enfoques para el transporte interurbano tan costosísimos como irrealistas bajo el mantra del cambio modal.
Disponer de la mayor red ferroviaria de alta velocidad del mundo (con un coste seis veces superior al de lanzar 30 satélites al espacio para revolucionar las comunicaciones mundiales con el sistema europeo de posicionamiento por satélite Galileo), con trayectos con tráficos anuales previstos por debajo de los 9 millones de viajeros, ha constituido una decisión política que ha hipotecado a las generaciones venideras, ha ignorado de forma palmaria la huella medioambiental asociada a su construcción, y ha puesto a los pies de los caballos la conservación de una red de carreteras que era la envidia de Europa hace sólo 10 años.
Autores como Per Kageson (Environmental aspects of inter-city passenger transport, Noviembre de 2009, 18th International Transport Research Symposium, OECD-International Transport Forum) han reflexionado en detalle sobre el enorme coste socioeconómico de estas decisiones “a la moda”; de la lectura de sus análisis sólo podemos concluir que es inexplicable entender cómo se ha desechado la opción de una red ferroviaria mejorada, cuya diferencia en tiempos de viaje hubiera sido muy pequeña, al tiempo que hubiera representado unos costes financieros y medioambientales infinitamente menores.
El problema es que la corrección política existente ha llevado al ciudadano de a pie a pensar que los vehículos de combustión son la mayor fuente de emisiones de CO2 en Europa (son la 4ª), que la electricidad es siempre limpia (ignorando que hay alternativas de producción de energía muy perjudiciales para el medio ambiente, como es el caso de las predominantes en España) y que, en general, uno debe sentirse mal por moverse cómo y dónde le plazca.
El transporte del futuro debe resolver sus problemas actuando en la oferta del transporte, tanto mejorando el comportamiento medioambiental y energético de los medios de transporte, como ampliando con sensatez las infraestructuras existentes cuando los costes de congestión así lo justifiquen y no sea posible optimizar la capacidad existente. Ahí se justifican las inversiones y los esfuerzos en inversiones tecnológicas y en obra pública, sin olvidar la necesidad de mantener adecuadamente el estándar de las infraestructuras existentes. Los números no mienten y conviene actuar antes sobre la raíz del problema: más del 98% de los Km recorridos en España tienen lugar en las carreteras. Sólo el recurso a estadísticas anticuadas de tipo Gosplan como las toneladas-km (conforme a las cuales es lo mismo transportar 10 Kg en 10 camiones que 100 Kg en un solo camión) ha llevado a que algunos imaginen casos de éxito de trasvase modal en el transporte de mercancías. En suma, las propias carreteras y la automoción del futuro son la solución a los problemas que ellos mismos generan, sin que deba olvidarse los importantes beneficios socioeconómicos que traen (como por ejemplo, la aportación del 10% de los ingresos totales del Estado o su rol como pivote central de la actividad económica en España).
Las infraestructuras, dentro de las limitaciones económicas obvias que siempre existen, han de estar y mantenerse vivas, y han de evolucionar adaptándose a la demanda del usuario y a las necesidades cambiantes de los nuevos hábitos de desplazamiento. Nuestro sistema de transporte todavía puede optimizar su capacidad para responder a las demandas de movilidad que plantea la sociedad. La mejora en la coordinación entre los modos de transporte para acortar tiempos de transporte y abaratar costes, es fundamental para el desarrollo un transporte sostenible en nuestro país. Trabajar de modo realista en esta línea conllevará una mejora en nuestra productividad industrial y en la distribución de nuestros productos, con la consiguiente mejora de nuestra competitividad.
No cabe negar que los tiempos perdidos por congestión del tráfico por carretera representan un coste externo importante. Aquí todos los estudios indican que el ahorro que se obtendría eliminando o reduciendo la congestión bastaría para financiar medidas de optimización y/o de ampliación de la capacidad de las infraestructuras viarias existentes.
El ciudadano español también se ha acostumbrado a una importante disponibilidad de recursos públicos para inversión en infraestructuras de transporte. Sin embargo, las limitaciones presupuestarias existentes nos conducen a una situación en la que es necesaria una mayor colaboración privada. Al mismo tiempo, y en particular para el caso de las infraestructuras viarias, se debe tomar en consideración que la alternativa del peaje permite el pago directo por el usuario y no por el contribuyente, sin que ello suponga un incremento de la carga tributaria ya soportada por los ciudadanos.
En suma, se propone un nuevo sistema de transporte “lógico” - y no “ideológico” - al servicio de los ciudadanos. El reto está sobre la mesa.
















