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Yo seré testigo de dos revoluciones tecnológicas, al menos

Yo seré testigo de dos revoluciones tecnológicas, al menos

He de reconocer que la figura de Nikola Tesla siempre me había llamado la atención debido al cierto carácter esotérico de sus trabajos. No fue hasta que casualmente descubrí el impacto que tuvieron sus desarrollos en el uso de la energía eléctrica para el conjunto de los ciudadanos cuando llegué a entender la magnitud del cambio que ayudó a generar: la electrificación de ciudades e industrias. Este cambio, por las implicaciones que ha tenido en la vida diaria merece, sin duda,  el apelativo de revolución tecnológica.

Es innegable que a lo largo del siglo XX se han ido produciendo un sinfín de desarrollos científicos que influyen en nuestro día a día, pero, a mi juicio, la irrupción de internet en nuestras vidas está generando un cambio de tal magnitud, con derivadas en multitud de áreas sociales y económicas, que permite afirmar que estamos, de nuevo, ante otra revolución tecnológica. Sin dejar de lado el impacto económico que están generando la infinidad de tecnologías, productos y servicios que tienen como soporte básico internet, creo que el impacto social es, además, el elemento más destacable. En un  periodo reducido de tiempo, miles de millones de personas están cambiando sus hábitos de consumo, ocio e, incluso, las relaciones interpersonales. Incluso los grupos sociales menos accesibles a estos cambios, como pueden ser personas mayores,  o habitantes de zonas geográficas con severos déficits en infraestructuras de comunicaciones están viendo alterada si vida diaria por el tsunami que supone el mundo de internet.

Para aquellos que desarrollamos nuestra vida profesional  en el mundo de la carretera, hemos asistido a un proceso de desconexión  emocional entre las infraestructuras viarias y los usuarios. Todo el mundo asume que un país desarrollado debe tener una red de carreteras amplia y en buen estado de conservación para prestar los servicios de movilidad para los que fue diseñada. Una vez conseguido un cierto nivel de calidad en la red, su uso y disfrute deja de ser valorado de forma adecuada. Podría decirse que tener una buena red de carreteras ha dejado de tener glamour.

El sector de la carretera en España está padeciendo las circunstancias que ya han sufrido otros países desarrollados con redes maduras de carreteras: la carretera es un commodity  cuyo valor añadido es poco reconocido, a pesar que la inmensa mayoría de personas y mercancías transitan diariamente por su superficie. La pregunta que se plantean los profesionales del sector es cómo sensibilizar a la población de que un activo que les proporciona un bien tan preciado como es la movilidad requiere un cuidado adecuado.

Posiblemente la respuesta a dicha pregunta esté llegando  gracias a un cambio tecnológico disruptivo: la conducción autónoma. Las noticias en la prensa sobre la conducción autónoma son ya algo común y, si bien la conducción plenamente autónoma aún está lejos, la conducción automatizada está avanzando a pasos agigantados con una competencia a nivel mundial entre actores de muy diversos orígenes: fabricantes de automóviles, fabricantes de componentes, empresas del mundo TIC, universidades, centros tecnológicos. Nadie quiere perder este tren tecnológico y, a pesar de las muchas incertidumbres sobre el cómo se llevarán a cabo muchos de los elementos necesarios, sí parece que hay un consenso sobre el final del proceso: la intervención de los seres humanos en el proceso de conducción  de los vehículos quedará reducido al mínimo.

La mejor definición que conozco sobre un vehículo de conducción autónoma es: un robot destinado a la movilidad  dotado de  inteligencia artificial. En esta definición el acento se pone sobre el objeto principal de vehículos e infraestructuras viarias: la movilidad. Las personas cada vez hacemos más uso de los servicios de movilidad, bien por ocio o por obligaciones profesionales  y familiares. A pesar del gran desarrollo de los medios de comunicación digital que permiten el teletrabajo o la transferencia de  información que permite sustituir medios materiales por sistemas digitalizados, aumenta el flujo de personas y mercancías en todo el mundo, sin excepción.

Cómo poder dar servicio a la demanda creciente de movilidad sin generar impactos ambientales, pérdidas de tiempo con congestión de las redes de carreteras  y mejorando la seguridad vial,  son retos a los que la conducción autónoma va a poder dar respuesta con casi total seguridad. Si unimos a esta ecuación la creciente concentración de la población en las ciudades nos encontramos que la solución a estas demandas difícilmente puede venir de mejoras incrementales de los sistemas de movilidad por carretera existentes hoy en día.

Algunos de los efectos que la conducción autónoma va a generar, y en ciertos casos negativos, son los siguientes: reducción del número de vehículos gracias al desarrollo de la economía colaborativa lo que generará un menor consumo de combustibles y menores emisiones, reducción sustancial de la accidentalidad viaria, acceso a la movilidad a grupos sociales que en la actualidad tienen limitaciones para conducir (personas mayores y personas con minusvalías físicas),  aumento del tiempo de ocio de las personas o la reducción del tiempo de desplazamiento. En el capítulo negativo podría citarse que importantes sectores profesionales de conductores perderán sus puestos de trabajo actual al mecanizarse las tareas que realizan en este momento.

Al igual que internet destaca por los cambios sociales que conlleva, la conducción autónoma también va a generar hábitos completamente nuevos en las personas. También es cierto que, muy probablemente, la velocidad de implantación de la conducción automatizada y autónoma va a requerir unos tiempos de asentamiento bastante más largos que los que el desarrollo de internet ha requerido.  El futuro más inmediato será un escenario de convivencia de vehículos conducidos por personas  junto a una implantación gradual de los vehículos automatizados.

Este periodo de convivencia puede ser especialmente para asentar un elemento que los expertos en conducción autónoma consideran básica: la confianza. El proceso de delegación de la responsabilidad en una máquina requiere de un aprendizaje que un aterrizaje rápido de esta tecnología, supuesto que fuese posible, podría poner en un compromiso y generar un rechazo de los usuarios.

Para los profesionales de la carretera se abren numerosos interrogantes que podrían resumirse en una pregunta: ¿cómo debemos adaptar las carreteras para facilitar la llegada de esta nueva tecnología? La respuesta provendrá de numerosas áreas: ITS, sistemas de apoyo al guiado de los vehículos, sensorización, etc., y habrá que estar abierto a colaborar con el sector de la automoción y las telecomunicaciones para encontrar los medios más eficaces para obtener los objetivos deseados.

Desde la Plataforma Tecnológica de la Carretera vemos discurrir estos acontecimientos con la ilusión de ser testigos de cambios disruptivos que van cambiar hábitos y costumbres asentados durante décadas. También es justo decir que una irrupción tan acelerada genera incertidumbres a la hora de establecer estrategias que permitan a las empresas, universidades y centros tecnológicos españoles un acercamiento lo más fructífero posible, minimizando el escoger vías tecnológicas muertas  o de escaso recorrido. Por ello, intentamos facilitar información actualizada sobre tendencias y novedades en los diversos campos del conocimiento afectados por la conducción autónoma.

Por ello, a pesar de dichas incertidumbres, que pueden ir apareciendo en el proceso de acercamiento a la conducción autónoma,  creo firmemente que estoy siendo testigo de una nueva revolución tecnológica, y ya llevaré dos, al menos.

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@joluperd

Director Gerente de la Plataforma Tecnológica Española de la Carretera

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